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miércoles, 9 de diciembre de 2009

La tradición del árbol de Navidad

En estas fechas tan importantes, el árbol de navidad es un artículo obligado dentro de las tradiciones cristianas de occidente. En nuestra sociedad es centro de tradición familiar e icono de las festividades navideñas. Pero tal vez ustedes se preguntarán ¿de donde viene esta tradición?, ¿quién, como y donde lo comenzaron a utilizar?.


Haciendo un poco de historia, el árbol de la navidad se remonta a sus orígenes en las creencias de las tribus germanas (alemanas), cuando afirmaban que un árbol gigantesco sostenía al mundo y que en sus ramas estaban sostenidas las estrellas, el sol y la luna.


Otras explicaciones refieren que el árbol es símbolo de vida, al no perder su follaje verde en el crudo invierno europeo. En países como Suecia y Noruega (al norte de Europa), los habitantes de de estas regiones cortaban algunas ramas y las decoraban con pan, fruta y adornos brillantes para alegrar la vida de su familia mientras pasaba la temporada más fría del invierno.

Además, el árbol fue un elemento de culto entre las tribus nórdicas, los druidas y las culturas mesoamericanas. Según las tradiciones de estos grupos se reunían alrededor de estos árboles que se consideraban sagrados para entrar en comunión con sus dioses.El cristianismo occidental absorbió la tradición del árbol cuando los primeros misioneros cristianos llegaron al norte de Europa, descubriendo que sus habitantes celebraban el nacimiento de Frey, dios del Sol y la fertilidad, adornando un árbol perenne, en la fecha próxima a la navidad cristiana.

La tradición cristiana apunta a que san Bonifacio (680-754), evangelizador de Alemania, tomó un hacha y cortó un árbol dedicado a dioses nórdicos, y en su lugar plantó un pino, que por ser perenne, simbolizó el amor de Dios, adornándolo con manzanas y velas. Las manzanas simbolizaban el pecado original y las tentaciones, mientras que las velas representaban la luz de Jesucristo como luz del mundo. Conforme pasó el tiempo, las manzanas y las luces, se transformaron en esferas y otros adornos.

Siglos después, el reformista Martín Lutero introdujo esta costumbre al adornar con manzanas un árbol para tratar de explicar los dones que los hombres recibieron con el nacimiento de Jesucristo. Los reyes de Inglaterra introdujeron, en el siglo 19, el árbol de navidad en esta nación. Los inmigrantes alemanes lo llevaron a Estados Unidos durante el siglo XVIII, donde en la actualidad se producen más de 35 millones al año. A México llegó esta bella tradición durante el siglo XIX, ya que hay datos de que alemanes y austriacos residentes en el país durante la intervención francesa (1863-1867) trajeron esa costumbre a tierras mexicanas.

A manera de simbolismo, el árbol de la navidad se asocia con el árbol de la vida, que lucía en medio en medio del Jardín del Edén y después de la caída desaparece; la fruta y las decoraciones nos recuerdan las gracias y dones que el hombre tenía cuando vivía en el Paraíso en completa amistad Dios. Por el nacimiento de Cristo, los hombres renacen y tienen acceso a la plenitud de la vida. El árbol de navidad representa el haber recobrado dichos dones gracias al sacrificio de Jesucristo. Los adornos del árbol y las luces que se encienden representan el nuevo estado paradisíaco que el amor de Cristo nos prepara.

Reciban un saludo de su servidor y amigo, deseando que la paz y la bendición de Dios llegue a sus vidas y familias. Feliz Navidad y que las bendiciones de lo Alto lleguen a sus manos (Gálatas 2:20).

martes, 20 de octubre de 2009

El extinto Convento de San Andrés de Monterrey










Con la llegada de los colonizadores al noreste de la Nueva España, vinieron también los misioneros franciscanos, responsables de la labor espiritual de la región. Con la fundación de Monterrey hecha por Diego de Montemayor en el año de 1596 se otorgó a la ciudad su jurisdicción espiritual en el curato de Saltillo. Años después y gracias a las labores promovidas por el padre Baldo Cortes, se autorizo de manera formal la llegada de los franciscanos fray Lorenzo González y Fray Martin de Altamira, quienes fundaron en 1602 el Convento Franciscano de San Andrés.

En 1612 debido a una inundación se fijó el traslado del Convento a su sede definitiva, la cual se extendía de la calle Melchor Ocampo (antes San Francisco), hasta los márgenes del río Santa Catarina; de oriente a poniente corría desde una pequeña calle que topaba con la plaza mayor, calle Guillermo Prieto (conocida como de Pedro Lecea) hasta la actual Mariano Escobedo. En el presente se localizaría en el espacio en que se ubican el Circulo Mercantil Mutualista, el Palacio Municipal y el Edifico Kalos.

El Convento Franciscano de San Andrés, fue el primer y único templo de la ciudad durante un tiempo considerable. Fundado con la misión de evangelizar a los naturales, en la práctica el convento se destacó por ser la sede donde la población acudía a cultivar su fe. Incluso muchos vecinos de la ciudad pedían ser enterrados en el cementerio del Convento.

A principios del siglo XIX este antiguo monumento entro en una etapa difícil. Sus funciones como un espacio dedicado a la fe católica se vieron trastocadas por la irrupción de tropas militares, así lo ejemplifican algunas correspondencias de frailes en 1821 y 1839. Esta acción por parte de las tropas se repite durante la invasión norteamericana y la invasión francesa.

Sin embargo el acto más perjudicial para el Convento fue la aplicación de la Ley Lerdo en el año de 1859. En base a dicha ley el entonces gobernador Vidaurri impulso el Decreto de octubre de 1860, el cual perpetuó la práctica del culto católico en el templo, pero autorizo la enajenación las habitaciones y patios del claustro, mismas que fueron destinadas para el establecimiento de escuelas gratuitas a cargo del ayuntamiento. La labor educativa en el Convento se prolongó al convertirse en la sede temporal del Colegio Civil en los años de 1864 a 1870.

Una vez desocupado el edificio cambió sus funciones, y en sus piezas se instaló una cárcel municipal que operó hasta finales de siglo. Las dificultades prosiguieron, y el interés creciente de las autoridades civiles para disponer del Convento, aunado al crecimiento urbanístico de la ciudad, ocasionaron en 1867 la petición de demolición del inmueble, por parte de la comisión de policía, aduciendo mejorar la traza urbana. El gobernador Jerónimo Treviño desistió autorizar la acción gracias a la petición y argumentos del obispo Francisco de Paula Verea en defensa dijo “de este monumento histórico y venerable”.


El siglo XX sería menos afortunado para el Convento, ya que, pese haber resistido la inundación de la ciudad en 1909, y ser poco después restaurado, el templo franciscano se convirtió en una víctima de la revolución mexicana. El suceso ocurrió cuando las fuerzas carrancistas llegaron a la ciudad en los meses de octubre de 1913 y abril de 1914, ocupando finalmente la plaza de Monterrey.

Entonces el general Antonio I. Villarreal fungió como gobernador provisional y una parte de las tropas carrancistas se hospedaron en el anexo del templo. El fin del edificio franciscano estaba cerca y en un acto arbitrario los constitucionalistas ejecutaron un ataque radical y lamentable: se dio la orden para demoler el Convento y templo de San Francisco hacia 1914. La versión oficial sugiere como responsable al gral. Villarreal, otras fuentes, al coronel Jesús Garza Siller, sin haberse aclarado aún quién fue el autor responsable.

Para fines de abril y mayo comenzaron los trabajos de demolición, las tropas sacaron las imágenes de los santos, y el confesionario y otros objetos fueron quemados. Poco a poco el templo fue destruido, pudiéndose salvar solo algunas reliquias como una escultura de Santo Domingo de Guzmán, la pila bautismal, una Viga, las Campanas y la Puerta principal, algunos de estos objetos se pueden observar en el museo del obispado.

Una vez desmantelado el edificio el gobierno no pudo disponer inmediatamente del terreno, sino hasta el año 1918 en que el presidente en turno lo cedió al ayuntamiento de Monterrey. Su silueta aparece en el escudo del estado de Nuevo León.

martes, 4 de agosto de 2009

Carta de fundación de la ciudad de Monterrey



La carta de fundación de la Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey, está fechada el 20 de septiembre de 1596, dictada por el capitán Diego de Montemayor (fundador de la misma), y firmada por el escribano Diego Díaz de Berlanga. Este importante documento que sustenta su validez en las Ordenanzas para la fundación de pueblos, villas y ciudades en territorio de dominio español, relata la situación geográfica de estas tierras regias, y establece la conformación de un Cabildo que rija a la nueva ciudad. La trascripción es tomada del libro Actas de Cabildo Volumen 1, ya que el documento original no se encuentra dentro del Acervo. Se presenta la imagen del documento que contiene un traslado de la carta de fundación original realizado en 1638 por el escribano Juan de Ábrego.




Transcripción
“En el nombre de Dios Todopoderoso y de la gloriosa y bienaventurada Santa María siempre Virgen y Madre de Dios y Señora Nuestra. Sepan cuantos este público instrumento carta de fundación [vieren] cómo yo, Diego de Montemayor tesorero de la Real Hacienda de este Nuevo Reyno de León, teniente de gobernador y capitán general para la reedificación de él por el rey nuestro señor, atento a las causas y razones expresadas sobre la venida a este valle de Extremadura y reyno para su población y pacificación de los naturales de él, con intento que el santo evangelio se propague y los reynos y señoríos de Su Majestad y su real patrimonio sea acrecentado, el cual motivo y celo es el mío y me mueve para este efecto y prosecución de lo cual en las comodidades que este valle de Extremadura, comarca y puesto donde estoy con los vecinos y pobladores que conmigo han venido con todo el avío necesario para la dicha población y teniendo más aprovechamiento, que en él y en su contorno hay y puede haber y ser puesto y lugar apacible, sano y de buen temple y buenos aires y aguas y muchos árboles frutales de nogales y otras frutas y haber como hay muchos montes y pastos, ríos y ojos de agua manantiales y muchas tierras para labores de pan coger y muchas minas de plata que en su comarca hay de tres, diez y quince leguas a la redonda y sitios para ganados mayores y menores y otros muchos aprovechamientos, demás de los muchos naturales que voy trayendo de paz y a obediencia de Su Majestad, para su congregación y asiento y enseñanza de la santa fe católica y así por ésto, como por estar este lugar en buen medio para el viaje y trato del puerto de Tampico, que hay setenta leguas camino de carretas y lo mismo a la ciudad de Zacatecas y otras partes y salida para las poblaciones que se hubieren de hacer en este reyno la tierra adentro, de donde forzoso se ha de salir y surgir y pasar por los dichos tratos y lo más que dicho es, es apropiado y como tal ha de estar la real caja con los reales oficiales, para cobrar los haberes y quintos que a Su Majestad les pertenecieren y siendo así como lo es, cabecera de todo este reyno por lo que dicho es por la presente, en nombre de la majestad real del rey don Felipe nuestro señor, hago fundación de ciudad metropolitana junto a un monte grande y ojos de agua que llaman de Santa Lucía, tomando por advocación de ella a la Virgen Madre de Dios Señora Nuestra, que la iglesia mayor sea su advocación de su Santa y Limpia Concepción y Anunciación, a la cual imploro como patrona y señora nuestra para conseguir con la gracia y amor de su hijo benditísimo, el celo y obra que se pretende y se ha de intitular e intitule la Ciudad de Nuestra Señora de Monterrey y le nombro con todo el derecho y estabilidad y firmeza que en las demás ciudades metrópolis, que en los reynos de Su Majestad están fechas y pobladadas, con todas honras y privilegios y exenciones que se conceden por sus reales ordenanzas a estas nuevas poblaciones y especial a la de este reyno, que he aquí por expresadas y puestas, para que según dicho es goce de ellas, la cual ciudad le doy entera jurisdicción civil y criminal, mero mixto imperio, para todas las causas y cosas civiles y criminales que en ella y en el dicho su término sucedieren y acaecieren y lo juzgar y determinar definitivamente y llevar las sentencias a debida ejecución, guardando las leyes y ordenanzas de Su Majestad que sobre ello hablan y le doy jurisdicción y término quince leguas hacia oriente y otras quince hacia poniente y de norte a sur lo mismo en cuadro por la misma suerte y todo lo que en el dicho término y jurisdicción se poblare, así de minas como villas sea sujeto a ella en cuanto a las apelaciones y a lo demás que conviniere conforme a las ordenanzas que sobre ello hay y más le doy de ejidos una legua en redondo y por dehesa boyal le señalo desde la ciudad para arriba lo que dice del río de Santa Catarina, sacado el dicho río para las labores del Topo, lo que de acequia principal para arriba y hacia la sierra de las Mitras, como vamos hacia la Mitras y por el dicho río a mano derecha, lo que le perteneciere y porque en la Ordenanzas de Nuevas Poblaciones que se concedieron y dio Su Majestad a este reyno en el número cuarenta y tres, dice que nombrado ciudad metropolitana, se nombre el concejo y regimiento de los oficiales que se requieren y señala y atento a que al presente no hay gente suficiente de españoles, para el señalamiento de dicho concejo hasta adelante, Dios mediante que haya más comodidad, dejando su derecho a salvo para cada que la haya, use de su facultad conforme en ella se contiene como tal ciudad metropolitana, tan solamente al presente para la administración de justicia, concejo y cabildo que ha de haber en esta población, nombro a vos Alonso de Barreda y a Pedro Iñigo por alcaldes ordinarios y a Juan Pérez de los Ríos y Diego Díaz de Berlanga y a Diego Maldonado, por regidores y a Diego de Montemayor por procurador general de este reyno y a Diego Díaz de Berlanga por escribano de cabildo; y el dicho procurador general pueda tener y tenga voto en cabildo, a los cuales y a cada uno de ellos les doy entero poder y facultad en nombre de Su Majestad, para que este presente año de noventa y seis usen y ejerzan el dicho oficio de Cabildo, Concejo, justicia y regimiento de ella y que a fin de él y principio del año venidero, el primero día nombren y elijan ellos para el año siguiente dos alcaldes ordinarios y cuatro regidores y los demás oficiales a la dicha república necesarios y aquéllos mismos hagan la misma elección para el otro año, así sucesivamente durante todo el tiempo que la dicha ciudad permaneciere, con el aditamento que atrás se refiere, que habiendo comodidad suficiente se nombre concejo con los oficiales, que como a tal ciudad metropolitana le compete por la concesión que Su majestad por sus reales ordenanzas concede, al cual dicho concejo y cabildo de la dicha ciudad que es o fuere, le doy el dicho poder en el dicho real nombre, cuan bastante de derecho requiere, con declaración que los oficiales de la real hacienda tengan ellos y cualquier de ellos, voto en el dicho Cabildo y Concejo; Item, que lo que toca en el señalamiento de la dicha dehesa boyal no se pueda dentro de él dar ni tomar estancia de labor ni de ganado y que en todo se guarden las ordenanzas que sobre esto hay y asimismo en cuanto a la jurisdicción de los alcaldes ordinarios, guarden lo que Su Majestad les ha dado en toda la Nueva España y no más y no se exceda de ella, sino que se guarde y cumpla como Su real Majestad lo manda y ellos y los demás oficiales gocen de las demás mercedes y exenciones que a los tales les concede y asimismo que las mercedes que se hicieren de sitios y otras cosas dentro de la dicha dehesa boyal y ejidos, sean sin perjuicio de esta república. E yo el dicho teniente de gobernador y capitán general, en nombre del rey nuestro señor y en virtud del poder que tiene, hacía y hizo fundación de la dicha Ciudad de Nuestra Señora de Monterrey e pido y suplico a la majestad del rey nuestro señor sea servido de confirmarla, para que con más ánimo sus vasallos se animen a poblar y fundar debajo de su real corona otros reynos y ciudades, que mediante el favor de Dios se espera descubrir y poblar y en fe y testimonio de verdad, lo otorgué y fundé en el valle de Extremadura, ojos de Santa Lucía, jurisdicción del Nuevo Reyno de León, en veinte días del mes de septiembre de mil y quinientos y noventa y seis y lo firmé de mi nombre con el presente escribano. Testigos: Domingo Manuel, Juan López, Diego de Montemayor, Miguel de Montemayor, y el alcalde Alonso de Barreda.



Diego de Montemayor Ante mí, Diego Díaz de Berlanga, escribano de Cabildo*



* Trascripción citada del libro “Actas del Ayuntamiento de Monterrey”, coordinador Israel Cavazos Garza, R. Ayuntamiento de Monterrey, 2ª Edición, 2004, Monterrey, p. 1-4

miércoles, 1 de julio de 2009

Agunos aspectos importantes sobre las discusiones del Ayuntamiento de Monterrey, 1596-2009

Las actas del cabildo regiomontano ubicadas en el Archivo Histórico de Monterrey nos permiten observar que las reuniones de cabildo, durante la época colonial, se reducían a la elección anual de funcionarios y juntas extraordinarias provocadas por desastres naturales o situaciones excepcionales, tales como epidemias, visitas de gobernadores, juicios de residencia. Sin embargo, la jura de la Constitución política de la Monarquía española, en 1812, obligó al cabildo regiomontano a revisar su rol de funciones.

Durante 1813, una vez jurada la Constitución de la corona ibérica, el Ayuntamiento de la ciudad tuvo alrededor de 60 reuniones anuales, en donde se discutió, entre otros asuntos, la defensa de la ciudad de los ataques de las guerrillas insurgentes, la integración de la milicia cívica, la regulación del maíz, el resello de la moneda en circulación, la acuñación de cuartillas de cobre y algunos otros asuntos.

A lo largo del siglo XIX, hubo algunos intentos por formalizar la imagen del cabildo regiomontano. El más conocido fue el que hizo el bachiller Juan Bautista de Arizpe en 1817, quien solicitó la uniformidad de la comunidad reinera, argumentando la distinción jerárquica que el puesto demandaba. Catorce años después, el reglamento municipal emitido requería a los integrantes del Ayuntamiento un uniforme para toda asistencia pública, mismo que consistía en: pantalón, chaleco, casaca negra, sombrero montado y espadín.

El ayuntamiento continuó, como desde los primeros años de fundada la ciudad de Monterrey, disponiendo la fiesta anual de la Purísima Concepción, que era el culto oficial de la ciudad. Aunque con roces normales en la realización de las fiestas con el cabildo eclesiástico, era muy común ver a los regidores regiomontanos salir de la catedral después de un acto religioso por causa de las sequías, inundaciones o enfermedades.

Hacia finales de 1867, en medio del fervor por el triunfo republicano en contra del emperador austriaco Maximiliano de Habsburgo, el cabildo regiomontano, a través del síndico procurador segundo licenciado Ramón Treviño, sugirió y aprobó, en septiembre de ese año, el cambio de nombre de este organismo, al considerar que:

"[…] en medio de las instituciones republicanas y de los principios democráticos no parecía conveniente que ésta Corporación tuviera el tratamiento de Ilustre y que, siendo que ella se componía de CC. nombrados por el pueblo, proponía que en lugar de Ilustre se llamara en lo de adelante Republicano Ayuntamiento. Es sometida a discusión, la proposición fue aprobada por unanimidad, acordándose se diera cuenta al Superior Gobierno del Estado.*

Años después, el 30 de octubre de 1899, el cabildo regiomontano mandó quitar la corona del escudo de armas, y en su lugar fue puesto el gorro frigio, por considerar que simbolizaba la libertad y la república.

El escudo de Monterrey estuvo usándose con esa innovación (gorro frigio) hasta el año de 1928, cuando el alcalde Jesús María Salinas, después de un estudio verificado por el profesor José Guadalupe Sauceda, sobre los colores, forma y detalles del escudo, mandó que volviera a colocarse la corona condal en vez del gorro frigio, por considerarlo una justa rectificación histórica.

El señor Carlos Pérez Maldonado, el 8 de mayo de 1944, propuso al Ayuntamiento, representado por el ciudadano Constancio Villarreal, que corrigiera el Escudo de Armas de la ciudad de Monterrey, que se encuentra en el Salón de Sesiones del propio Ayuntamiento, por los siguientes graves errores:
I.- Que ostenta como timbre, un gorro frigio, en vez de la corona del conde de Monterrey.
II.- Que las banderas estén pintadas con los colores nacionales, debiendo ser blancas.
III.- Que la inscripción de "Ciudad de Monterrey", aparece en el pie, debe ser en una banda roja.
IV.- Que no debe llevar la inscripción de "Republica Mexicana".

Es así como en el cabildo regiomontano se han discutido los asuntos de interés social más importante, y es en la actualidad la institución municipal de más trascendencia en la vida pública de Monterrey.

* Archivo Histórico de Monterrey (AHM), Colección Actas de Cabildo, Acta del 30 de septiembre de 1867 Exp. 1867/043

lunes, 22 de junio de 2009

LA EPIDEMIA QUE ARRASÓ MONTERREY

A lo largo de la historia, la ciudad de Monterrey fue testigo de los embates ciclónicos de diversas y muy mortíferas epidemias que hicieron blanco en la población de estas regiones. En estos casos el ayuntamiento regiomontano era el encargado de aplicar medidas de prevención y sanidad para la población, las cuales permitieron, en la mayoría de los casos controlar los efectos de estas mortales enfermedades.


LA GRAN EPIDEMIA DE 1833

El contagio más mortal que resistieron los regiomontanos fue provocado por el cólera morbus en 1833. Los embates de esta enfermedad provocaron una fuerte mortandad entre la población, por lo que fue necesario construir un nuevo camposanto en las afueras de la ciudad, por el rumbo de San Francisco (Apodaca).


Algunas crónicas de la época refieren que los cadáveres eran transportados a los camposantos en carretas y sepultados inmediatamente para evitar así el contagio de este mal. Inclusive, fue necesario que el gobernador del estado informara a los alcaldes que creía conveniente se difiera la solemnización del 16 de septiembre hasta el 4 del entrante mes por causa de que la epidemia del cólera morbus no había cedido en sus embates a la población.

Hacia octubre de 1833, en donde los momentos más críticos de la enfermedad habían pasado, el Ayuntamiento regiomontano en voz del Alcalde primero Francisco Iglesias solicitaba al Cabildo eclesiástico y su Presidente la realización de una misa por aquellas personas que habían sobrevivido a los embates de la epidemia.

Al final, en el recuento de los daños los números eran fríos y contundentes. Durante los meses de agosto, septiembre y octubre solamente en la jurisdicción de Monterrey ocurrieron 667 decesos de los 886 que se suscitaron en todo el año. Este suceso fue uno los hechos de recuerdos más dramáticos para la población regiomontana del siglo XIX.